Llevaba un vestido corto y negro, el blanco casi transparente de su piel hacía un bonito contraste, y su melena rubia caía como cascadas de oro, hasta llegar casi a la altura de su ombligo.
Llegó a un parque a las afueras del pequeño pueblo, plagado de árboles tan frondosos que no pasaba la luz del sol. Le extrañó que no hubiese nadie por allí, pero se cobijó en la sombra de uno de ellos, se encendió un cigarrillo, y cerró los ojos para oír el roce de unas hojas con otras.
- No deberías fumar.
Ella se sobresaltó, abrió los ojos y permaneció quieta.
La voz había sonado de una manera tan misteriosa, masculina, elegante, grave y dulce, que no quería darse la vuelta y descubrir quién lo había dicho.
- Ya -dijo ella, tras unos segundos pensando en la contestación-… Eso me dicen muchas veces.
Cerró los ojos fuertemente y notó cómo el hombre que estaba detrás de ella (calculó que quizás a un metro de distancia), se acercó y se sentó junto a ella, sin rozarse, con un gesto chulesco y desenfadado.
- ¿Cómo te llamas? –preguntó casi en un susurro.
Lola se giró y ahogó un grito de sorpresa.
El hombre no era tan hombre, sino un chico joven, algo mayor que ella, pálido como la nieve, con el pelo despeinado, del rubio anglosajón, los ojos algo rasgados color azul turquesa, la cara delgada, con las facciones muy marcadas. Mediría un metro ochenta y cinco, era muy delgado y llevaba ropa macarra que él conseguía que pareciese elegante. La miraba con media sonrisa, y ella soltó una risita nerviosa que consiguió que sus mejillas se sonrojaran en un instante.
- Lo –comenzó-… Lola… ¿y tú?
Se inclinó hacia ella.
- No importa, de momento. Llevo observándote varios días.
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Cuando llegó a casa, Lola escribió en su cuaderno rojo:
“No es posible que me esté pasando esto a mí".

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