lunes, 18 de mayo de 2009

20.17

Eran las ocho y diecisiete de la tarde cuando Lola comprobó que no tenía inspiración para expresar sus sentimientos ni la razón por la que estaba en el pueblo de sus abuelos desde hacía un mes. Quizás reencontrarse con el pasado no fuese una buena idea, así que pensó por un momento en dejar de escribir lo que aún no estaba empezado.

Decidió calzarse sus All Star azul marino, peinarse y ponerse las gafas de sol, dispuesta a salir a la calle una vez más. Necesitaba despejarse.
Salió de casa y caminó sin rumbo fijo, con las manos metidas en los bolsillos y observando a la gente, que poco a poco se iba acostumbrando a ver de nuevo a "la nieta del doctor Hidalgo", tan reconocido y amado en la localidad. Ya no la miraban como a un bicho raro.

Quedaba menos de una semana para que volviera al pueblo la gente joven que estaba estudiando en otra ciudad. Lola apenas recordaba a sus amigos de allí, pero tenía ganas de volver a verlos. Sería como conocer a alguien nuevo, ya que las personas cambian de una manera increíble, y ella tenía ocho años cuando se mudó a Madrid.
Todo aquello estaba siendo como empezar de cero.
De repente, se paró en seco.
Un hombre calvo cargado de dos bolsas de viaje estaba saliendo de un bar.
El hombre de la armónica!"-pensó Lola.

Así que, sin pensarlo dos veces, se encaminó hacia el lugar donde se encontraba.
No sabía cómo, ni por qué, pero Lola no podía evitar pensar que aquel hombre guardaba un misterio apasionante.

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