Sacó un paquete de tabaco del bolsillo, y se encendió un cigarrillo. Después abrió una de las maletas y cogió un cuaderno rojo. Lo abrió y comenzó a escribir.
“Hoy hace justo un mes que abandoné el ático céntrico de Madrid y decidí viajar
a algún pueblo. Me siento como los reyes de los cuentos de los hermanos Grimm,
pero en la actualidad. Quiero ver el mundo tal y como es.
La gente es normal. Ríe, llora, se divierte, se aburre, habla o calla. Pasean por la calle mientras yo toco la armónica sentado en el suelo de cualquier calle sucia con mi atuendo de vagabundo. Nadie sospecha nada. Incluso me dan dinero.
Sobre todo hay una chica joven, entre dieciséis y veinte años, que me llama la atención.
Parece que todas las tardes sale a pasear, y al volver a casa me busca siguiendo
el sonido de la armónica. Mis melodías la atraen, lo sé. Se queda a escuchar dos
o tres canciones. Me da algo de dinero y se marcha. Sin mediar palabra.
No parece una chica de aquí, sino una joven cosmopolita. No es como las personas
del lugar. No sé qué demonios está haciendo aquí: siempre está triste y apagada,
me mira y me dedica media sonrisa antes de marcharse, pero luego se larga con
ese gesto serio y melancólico.
No sé por qué me encuentro así, pero siento la necesidad de hablar con ella y saber qué le ha pasado... […]”

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